Y Por Fin Conocer Tu Nombre Real

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Tal vez ellos tenían razón.

Comer grandes cantidades de alimentos y después vomitarlos no parecía tener sentido. Pero para mí y todas aquellas chicas que había conocido a través de algunas redes sociales sí que lo tenía.

Bulimia, lo llamaban.

Puede que las respuestas a mis exámenes, o a porqué no me iba bien en el amor no se encontraran en el fondo del váter, pero cada vez que acudía a esta forma poco ortodoxa de actuar (de vida, que dicen algunos), sentía que el resto de mis problemas pasaban a un segundo plano, y eso me hacía  bien. (O al menos lo parecía).

Además poco a poco mi vientre se iba deshinchando, ¿Y por qué no decirlo? Empecé a verme más guapa.

Pero sobre todo, lo hacía por esa sensación de falsa libertad.

Lo que yo sentía al vomitar, es lo mismo que sientes después de pasar horas y horas llorando. Paz, anestesia general por todo el cuerpo. Y la sensación extraordinaria de que todo te importa una Eme. Me sentía agotada mental y fisícamente. Ya no tenía que luchar.

Y la respuesta a tu pregunta es SÍ, hubiera preferido llorar antes que arrodillarme de forma indigna frente al inodoro, pero no podía meterme los dedos en los ojos y provocarme el llanto, y, sinceramente, repasar cada recuerdo, haciendo acopio de momentos, me resultaba de masiado doloroso como para tan siquiera intentarlo.

Sin embargo, rozar la campanilla y sacar de mí todo aquello que me hacía daño, era tan fácil...
Que resultó casi adictivo.

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